Es mi
primer sábado en la ciudad. Por la mañana acompaño a mi compañera de piso, a la
que a partir de ahora llamaré “La Simpática” a comprar unos muebles (Aquí no hay Ikea así que no se estila lo de alquilar una
furgo para, de paso, amueblar la casa de todos los parientes). Vamos en autobús. Durante el camino de ida
no me dirige la palabra ni para decir mu. Llegamos a la zona donde va a
encargar los muebles... Es un barrio muy diferente a donde vivimos ya que no hay
apenas rascacielos, son todo casitas bajas, se parece a un pueblo de España en
los 80 (Muchas cosas de aquí me recuerdan a España en los 80. Por ejemplo, el
tendido aéreo en las calles, incluso las céntricas. Estás en una calle súper chic pero llena de
postes de electricidad que casi no te dejan ver los edificios). Después de
encargar los muebles, nos disponemos a coger el autobús de vuelta (¿No vamos a
pasear un poco por aquí? Parece que no, dijo comprar muebles y es comprar
muebles). Mientras esperamos al autobús, que tarda lo suyo, me habla.
Yo: ¿Es realmente tan peligrosa la ciudad como dice la gente?
La
simpática: Sólo
tienes que saber por dónde moverte (Mirando todo el rato al móvil y sin
cruzar la mirada conmigo en ningún momento).
Yo: ¿Y cómo sé si una zona es
peligrosa?
La
simpática: Pues
con sentido común. Aquí sólo les roban a los pringaos. Si vas con un reloj de
oro por la calle, o una cadena, está claro que vas provocando y te van a robar
(Tajante y muy seria, y mirando al móvil).
Yo: Tengo un amigo que vivió aquí
hace unos años y creo que le han robado, aunque no aquí, me parece que había
sido en Río. Él viste bastante casual y no va ostentando…
La
simpática: Pues
sería porque tiene pinta de pringado (Lo siento nosso, yo no lo he dicho).
Volvemos
a casa, otra vez en el autobús sin pronunciar una sola palabra, toda seria ella
(¡Qué suerte he tenido, me ha sacado a dar una vuelta! ¡Gracias simpática!).
Es
sábado por la tarde y ¿qué planes tengo? Cero planes. Ninguno de mis “amigos”
del otro día me ha llamado. Tengo ganas de coger un avión de vuelta para
Vigo. Allí están todos celebrando La Reconquista. A las 8 de la tarde, la simpática me habla. Golpea en la puerta de la
habitación y me ofrece ir a cenar con ella y un amigo (¡Qué mala soy! Mírala a
ella qué maja).
Nos vamos de cena a un restaurante japonés precioso, con un jardín en el
centro y un pianista tocando en directo. La comida riquísima, pero La Simpática
sigue sin dirigirme la palabra. El amigo me comenta mil y un detalles sobre la
ciudad (Menos mal que este sí que es majo). Me dice que es una ciudad dura al
principio pero que acaba enganchando con mucha vida, mucha energía... (Al fin alguien que me anima)
Después
de la cena, nos vamos a un pub donde hay una banda que toca versiones de rock en
directo (Aquí en todos los locales tocan música en directo, pero también en
todos cobran entrada). La simpática sigue sin hablar. El amigo de la simpática
me presenta a algunos amigos suyos brasileiros. Me dicen que hablo muy bien
portugués, y les explico que hablo gallego (¡Bieeeennn, alguien que me
entiende por fin!). Se sorprenden mucho cuando les digo que estoy buscando trabajo
aquí siendo ingeniera civil. Me
dicen “Mais você deve ir para outro pais.
Aqui é tudo construído”. (Que
está todo construido? Pero
si esto es el puto Tercer Mundo. Deberíais daros una vuelta por Europa, chavales).
A la
una de la mañana la simpática está cansada y se quiere ir. Nos vamos en taxi.
Otra vez callada, sin dirigirme la palabra. Al llegar a casa ni me responde las
buenas noches (Dios, qué simpática es esta tía).
Eu tamén escoitei esa historia do nosso amigo, pero foi en Rio de Janeiro, que é unha cidade moito máis perigosa. Excepto polo de pringao, creo que a Simpática ten razón en todo. Non se pode ir sacando fotos con flash en determinados lugares: chamas a atención e é lóxico que che rouben, como lle pasou ao nosso amigo.
ResponderEliminar